LUCESOMBRA
Llegará el día que ya no escucharé
el armonioso trinar de pajarillos
ni el ruido de las olas del mar,
jugando a ser gaviotas.
Se apagarán de golpe las estrellas
y el sol no entibiará mis manos;
dejaré de sentir en mi pecho
el frenético galope de mi corcel
persiguiendo a la luna, que se aleja.
Dejaré de ser roca, arena y nardo;
luz y sombra, amor y olvido.
Descansaré bajo el verdor de mi árbol
y el viento esparcirá en el aire
el eco de mi último suspiro.
ULISES
Nos fuimos, dejamos todo, nos fugamos;
queríamos huir de la monotonía, de la vida.
Nos hicimos a la mar en nuestros barcos.
Felices, amando la libertad sin ataduras.
En medio de la tormenta oímos voces:
Eran seres que naufragaban entre las olas.
Hicimos lo imposible por salvarlos
pero ellos no aceptaron nuestra ayuda.
En la noche negra los buscamos
en vano, ya no estaban...
Al despuntar el alba entendimos la visión:
¡Aquellos extraños seres
éramos nosotros!
Porque las almas en pena
no son más que la nostalgia del retorno.
HOY
Hoy, más que nunca, liberemos el miedo.
Nunca más tropezando con eternos fantasmas
que rondan nuestros sueños.
Atrevámonos a ser los mismos que ayer fuimos
cuando la palabra libertad tenía sentido de unidad.
Ojalá no se abra nunca más esas ventanas
de oxidadas bisagras atisbando a un pasado
de violencia y de sangre.
Escuchemos las voces que vienen renovadas
arriando ovejas, no siendo parte del rebaño.
Hoy, más que nunca, miremos hacia arriba
donde habitan inclaudicables las respuestas;
donde las almas se aquietan y la muerte no existe,
donde el amor no es sólo el vocablo
de un puñado de letras tomadas al azar.
¿ADÓNDE?
Adónde van a morir los
sueños?
En qué lugar del alma
agoniza el amor que no se da.
Aquellos seres humanos
perdidos en la incertidumbre
y la comodidad de su fatua
indiferencia,
no son capaces de ver a la
paloma herida.
Olvidan estrechar sus
manos
repletas de fusiles y de
bombas.
Cientos de niños
muriendo día a día
de hambre...
y donde la solidaridad
humana?
y dónde, el amor de Cristo?
HIJOS DE LA CALLE
Te pido Señor por los niños,
por esos pequeños y frágiles seres
que a menudo vemos rondando las calles
sin más compañía que su propio miedo.
Vedlos allí caminando con la mirada adulta,
por inciertos senderos
disputándole el pan a la miseria
en horrenda transgresión de su naturaleza,
ausentes de las caricias paternas
que un día naufragaron por etílicos mares.
Te pido, Señor, por los niños, hijos de la calle.
Vedlos allí agazapados por sombríos rincones
buscando la dicha comprada al mafioso
en un pequeñito paquete de diario
o en su inventado mundo de plástico.
Vedlos allí jadeantes correr tras la pelota,
ese cordón que les une a su inocencia,
ese trozo de esperanza y trapo,
ese único juguete que les queda
de la infancia que se fue alejando.
Los veo cual hojas que el viento se lleva;
jirones de luna, muriendo en el día.
Tesoros ocultos tras aciago sino.
Por ellos te pido Señor, esta noche,
por estos pequeños hijos de la calle.
MIXTURA
La vida como un relámpago
en la oscuridad.
La muerte como un rayo en la
tormenta.
El amor como alimento de las almas.
La poesía, un refugio en la ilusión
del pensamiento.
Todo tan fugaz como esa nube
blanca
que vive, sueña y ama consciente
que mañana
será agua de río corriendo hacia
la mar.